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La Villista: una feria que celebra lo mejor de Durango

  • 17 ago
  • 3 min de lectura

Por: Lauro Arce.

Hay celebraciones que trascienden el calendario. No se limitan a un programa de actividades ni al desfile de espectáculos; terminan por convertirse en un reflejo de la identidad de un pueblo. La Feria Nacional Francisco Villa, “La Villista”, que este año enmarca el 463 aniversario de la fundación de la ciudad de Durango, es una de ellas.

 

Quien recorre sus pasillos descubre mucho más que juegos mecánicos, conciertos o pabellones comerciales. Encuentra familias completas compartiendo una tarde, niños que descubren el asombro en cada rincón, jóvenes orgullosos de su tierra y adultos mayores que vuelven a sentirse parte de una tradición que se renueva sin perder su esencia.

 

En los últimos años, el gobernador Esteban Villegas Villarreal ha impulsado una visión distinta para esta gran fiesta de los duranguenses. La Villista ha crecido en calidad, organización y proyección, pero, sobre todo, ha fortalecido su vocación social. La feria no sólo busca atraer visitantes; procura que nadie quede al margen de la celebración.

 

Ese espíritu se expresa de manera especial en la tradicional Subasta Ganadera, donde productores, empresarios y participantes demuestran que la solidaridad también puede convertirse en una tradición. Cada aportación representa una oportunidad para apoyar a quienes más lo necesitan, recordándonos que el éxito de una comunidad no se mide únicamente por su capacidad para generar riqueza, sino por su disposición para compartirla.

 

Ese mismo rostro humano encuentra una de sus expresiones más conmovedoras en el trabajo que encabeza Marisol Rosso, presidenta del DIF Estatal. Gracias a esa sensibilidad, cientos de niñas y niños en condiciones de vulnerabilidad han podido disfrutar de la feria, vivir la emoción de los juegos, los espectáculos y la convivencia familiar. Para muchos de ellos, quizá sea un recuerdo que los acompañe toda la vida. Porque también eso significa gobernar: abrir espacios para la alegría de quienes pocas veces tienen acceso a ellos.

 

Naturalmente, la calidad de la cartelera ha contribuido al éxito de esta edición. La Velaria y el Palenque presentan artistas de primer nivel que colocan a Durango entre las mejores ferias del país. Miles de visitantes han respondido a esa oferta con entusiasmo, confirmando que nuestra ciudad tiene capacidad para organizar eventos de talla nacional e internacional.

 

Sin embargo, sería un error pensar que el éxito de La Villista se explica solamente por los nombres de sus artistas. Lo verdaderamente extraordinario ha sido observar cómo las familias duranguenses se han apropiado del recinto ferial. Sus calles rebosan vida desde temprano; los espacios públicos se llenan de convivencia; las sonrisas sustituyen, por unas horas, las preocupaciones cotidianas.

 

Esa quizá sea la mayor victoria de esta feria: haber consolidado  nuestro sentido de familia. En tiempos donde con frecuencia predominan la prisa, la incertidumbre y la distancia, encontrarnos nuevamente como sociedad, adquiere un valor que difícilmente puede medirse en cifras de asistencia o ingresos económicos.

 

Por supuesto, toda feria genera actividad económica, impulsa el turismo y beneficia al comercio local. Eso es positivo y necesario. Pero la mayor fortaleza de La Villista parece descansar en otro lugar, en haber privilegiado a las personas por encima de la recaudación; en entender que una política pública también puede expresarse mediante espacios de convivencia, inclusión y esperanza.

La verdadera dimensión de una feria no se mide por el tamaño de sus escenarios ni por el número de asistentes. Se descubre en la sonrisa de una niña que vive una experiencia inolvidable; en el adulto mayor que vuelve a emocionarse con la música; en la generosidad de quienes convierten la Subasta Ganadera en un acto de solidaridad; y en las familias que llenan de vida cada rincón del recinto ferial. Ahí es donde La Villista revela su esencia: una celebración que fortalece el sentido de comunidad y coloca a las personas en el centro de la fiesta.

 

Se convierte en una expresión del alma de Durango.

 

Y quizá ese sea el mejor homenaje que puede rendirse a una ciudad que, a sus 463 años de historia, sigue encontrando razones para celebrar unida, orgullosa de sus raíces y convencida de que las mejores fiestas son aquellas que no dejan a nadie atrás.


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